El supermercado Carrefour inundado de líquidos cloacales por derrame de lagunas de Pinamar

La reciente inundación de líquidos cloacales en la Ruta 11 no es un accidente geográfico ni una fatalidad climática; es el resultado directo de una gestión que, encabezada por Juan Ibarguren, parece haber decidido mirar hacia otro lado mientras el sistema de saneamiento de Pinamar estalla.
El «heredero» que no soluciona
Ibarguren, quien asumió como la continuidad natural del exintendente Martín Yeza, ha heredado no solo el cargo, sino también una política de «parches» ante la crisis de los efluentes. A pesar de los anuncios de «obras históricas», los vecinos de General Madariaga y los automovilistas que transitan hacia Pinamar siguen lidiando con el mismo problema que hace una década: la falta de una planta depuradora funcional y el uso de lagunas de infiltración obsoletas.
La crítica principal que recae sobre el despacho de Ibarguren es la falta de control real sobre la Cooperativa de Agua y Luz de Pinamar (CALP). Mientras el municipio se limita a enviar «intimaciones de 24 horas» cada vez que el agua negra llega al asfalto, no existe un plan de contingencia serio ni una inversión municipal que anticipe los desbordes.
Inacción y excusas
Desde la oposición y el municipio vecino de Madariaga, la postura es clara: la gestión de Ibarguren peca de pasividad.
-
El factor climático como excusa: El Ejecutivo local suele culpar a las lluvias, pero el colapso de los terraplenes ocurre incluso con precipitaciones moderadas, lo que demuestra una falta de mantenimiento preventivo que es responsabilidad de la fiscalización municipal.
-
El silencio ante el daño ambiental: Mientras el intendente de Madariaga, Carlos Santoro, moviliza a la Policía Ecológica y labra actas por contaminación, desde el Palacio Municipal de Pinamar la respuesta suele ser el silencio o el traslado de la culpa a la Provincia o a propietarios privados.
Una ciudad que crece, pero no procesa
Bajo la administración de Ibarguren, Pinamar ha seguido habilitando construcciones y desarrollos inmobiliarios de gran escala, incrementando la carga sobre un sistema de desechos que ya no da más. Esta «miopía urbanística» es quizás la mayor crítica: fomentar el consumo y el turismo sin garantizar la infraestructura básica para que la propia ciudad no termine «ahogada en su propia mierda», como han denunciado concejales opositores.
¿Gestión o marketing?
Para muchos, el problema cloacal en la Ruta 11 es el símbolo del fracaso de un modelo de gestión que prioriza el marketing de la «ciudad verde» sobre la resolución de problemas estructurales. Mientras Ibarguren se concentra en la crisis económica del municipio y los conflictos con los guardavidas, el frente de ruta sigue siendo un foco de infección y un peligro vial que nadie parece querer —o saber— solucionar.
